Los misterios de los Baños Señorial

mayo 31, 2012
En:
Comentarios: 83 respuestas

El domingo había mucha gente en el salón general de los Baños Señorial, en Isabel la Católica 92. Mientras esperaba el turno para un masaje pasó un empleado con un agua helada de piña. Aproveché para encargarle “una igualita, pero de limón”. Algunos masajistas y usuarios estallaron en una risa que derivó en comentarios en apariencia jocosos como: “¿Estás seguro de que la quieres igualita?”, “¿no la prefieres de piña?”. Me puse colorado. ¿Me estaban albureando? (En esta pregunta siempre sobran los signos de interrogación.) Existe un código en los Baños Señorial en el que no consigo participar por más que voy a cada rato. ¿Qué me hará falta?

Me gusta relajarme en los Baños Señorial porque son los más bonitos del Centro, no es un lugar costoso y el trato es decoroso. A veces aprovecho para cortarme el pelo ahí mismo. El ritual empieza con la entrega de un boleto, luego alguien me guía hacia un cuartito y al cerrar la puerta esta persona exclama un misterioso y veloz “¡zapatos!” antes de alejarse enseguida. ¿Está preguntando si quiero que boleen mis zapatos?; ¿se refiere a que si necesito unas chanclas?; si es una pregunta, ¿por qué no espera a que le conteste?; ¿está hablándome a mí? Un segundo misterio ocurre una vez dentro del salón general, cuando alguno de los masajistas me ofrece sus servicios, que son varios: restregada, enjabonada, masaje, toalla, pies, jabón. Siempre tengo que preguntar en qué consiste cada uno porque no quiero que me agarren por sorpresa a la hora de pagar. Que se pague a la salida, sea dicho, es una convención no tan obvia para un primerizo. Si uno no está de buen humor resulta inquietante penetrar en estos misterios. Tampoco quiero exagerar: existen algunos mensajes en los Baños Señorial que son fáciles de comprender, como el golpecito en la espalda durante el masaje, que indica que uno debe voltearse, o la tina con agua caliente con la que lo reciben a uno, que sirve para poner los pies. Me he ido habituando. A lo que no me acostumbro es a que pregunten si soy extranjero. Sucede cada vez. Que de dónde soy, que si me hospedo cerca, que por qué vine a México. No creo que lo digan por mi aspecto, sino por los reflejos de extraño, de bárbaro.

Mi amigo Hugo cree que “el mexicano” tiende a hacerse de piedra para soportar tanto calor, corrupción, miseria. Dice que por eso había tantos ídolos de piedra en Tenochtitlan. Me encanta su teoría por simplona. Pensaré en ella la próxima vez que vaya a los Baños Señorial, en donde a partir de ahora procuraré comportarme como una piedra, como he visto que hace la mayoría: contestando con monosílabos, evitando las sonrisas, agachando la cabeza, siguiendo la corriente. Puede ser que de ese modo ahuyente el estrés de no entender un código que a lo mejor no necesita ser descifrado ni nada. Una interesante lección de vida para esta piedrecita de arena que a veces sólo necesita un agua de limón.